Los medios del Derecho penal: conversación con Javier Cigüela Sola
El Derecho penal ya no vive solo en los juzgados. Se ha instalado en los telediarios, en los rótulos de última hora, en las tertulias nocturnas y, sobre todo, en las redes sociales. Casos penales complejos se convierten en debates virales que se consumen en segundos. En este contexto, hablar de defensa penal es hablar también de imagen pública, de juicios paralelos y de algoritmos.
En un nuevo episodio de Ultima Ratio, el profesor Javier Cigüela Sola (Universitat de Barcelona) presenta su libro Los medios del Derecho penal. Política, castigo y discurso penal en la era digital (Trotta) y ofrece una clave tan sencilla como incómoda: no se puede entender el Derecho penal contemporáneo sin mirar de frente a los medios de comunicación y a la cultura digital que habitamos.
Un libro para entender el Derecho penal en la era de las pantallas
El punto de partida del libro es biográfico e intelectual a la vez. Cigüela se formó en Derecho y Ciencia Política, con un interés temprano por la sociología y por los medios de comunicación. A partir de 2019, con una beca Humboldt y varias estancias en Berlín, convierte esa intuición en un proyecto sistemático: explorar cómo los cambios mediáticos (televisión, Internet, redes sociales) están reconfigurando la política criminal, el castigo y el propio discurso del Derecho penal.
Aunque el volumen nace en el ámbito académico, no está pensado solo para penalistas de cátedra. Está escrito para quien quiera entender por qué el Derecho penal ocupa hoy tanto espacio en la conversación pública: juristas prácticos, estudiantes de Derecho y Criminología, periodistas jurídicos y cualquier persona interesada en conceptos como juicios mediáticos, populismo punitivo o linchamientos digitales.
El libro se articula en dos grandes partes:
una primera sección histórico-teórica, donde se explica cómo han evolucionado el Derecho y la idea de justicia en paralelo a los medios de comunicación, y
una segunda parte centrada en las últimas décadas, dedicada a las “crisis” del Derecho penal contemporáneo: inflación legislativa, punitivismo, juicios paralelos, estigma digital, algoritmos y transformaciones en la enseñanza y en la investigación jurídica.
De la plaza pública a Twitter: historia del castigo y cambios mediáticos
Una de las aportaciones más sugerentes del libro es la lectura “mediática” de la historia del Derecho. Siguiendo a la llamada teoría de los medios, Cigüela distingue cuatro grandes etapas:
La oralidad: sociedades donde la palabra hablada es el único medio de comunicación relevante.
La escritura: la aparición del texto escrito transforma la memoria, la autoridad y la forma de organizar el poder.
La imprenta: el salto de Gutenberg, que permite la difusión masiva de normas y decisiones.
Los medios eléctricos y digitales: radio, televisión, Internet y redes sociales, que convierten la comunicación en algo inmediato, global y permanente.
Desde esta perspectiva, instituciones que hoy damos por supuestas adquieren otra luz:
El principio de legalidad –que todos conozcan la ley penal– es difícil de imaginar sin la imprenta, que permite multiplicar y difundir códigos y boletines.
La publicidad de las sentencias y del castigo se apoya en la prensa y en la posibilidad de imprimir y circular resoluciones, crónicas judiciales y antecedentes penales.
La desaparición de los suplicios corporales públicos no se explica solo por la “humanización” del Derecho penal, sino porque surge una forma alternativa de comunicar el castigo: ya no hace falta torturar en la plaza si el mensaje se transmite a través del papel.
La tesis es incómoda pero poderosa: muchas conquistas y transformaciones del Derecho penal son, también, subproductos de revoluciones mediáticas. Cambian los medios, cambian las formas de comunicar el delito y el castigo… y el Derecho se reordena en torno a esas nuevas posibilidades.
Derecho penal en crisis: política, castigo y opinión pública
La segunda parte del libro se centra en lo que buena parte de la doctrina lleva décadas describiendo como “crisis del Derecho penal”:
expansión constante de tipos penales,
aumento de la población reclusa,
penas cada vez más largas,
y una presencia ubicua de lo penal en el debate público.
Cigüela propone leer este fenómeno –el punitivismo o uso inflacionario del Derecho penal– a la luz de la televisión primero, y de las redes sociales después. En una política mediática, escénica y orientada al impacto emotivo, el Derecho penal deja de ser la última ratio y se convierte de facto en prima ratio: la herramienta simbólicamente más rentable para demostrar “mano dura”.
El legislador aparece así como ese jugador de feria que intenta golpear con un martillo todos los problemas que “asoman” en el telediario o en Twitter: cada caso mediático grave genera demanda de reforma, agravamientos de pena o nuevos tipos. Más que una respuesta técnica, equilibrada y basada en datos, muchas leyes penales se convierten en mensajes políticos performativos dirigidos a un público tratado como audiencia, no como ciudadanía deliberante.
En este contexto, figuras como la prisión permanente revisable o la sucesión de reformas en materia de delitos sexualesse analizan como ejemplos paradigmáticos de Derecho penal simbólico: su impacto preventivo real es discutible, pero su potencia comunicativa –ante víctimas, medios y electorado– es evidente.
Juicios mediáticos y linchamientos digitales: cuando el proceso salta a la pantalla
Otro bloque central del libro está dedicado a cómo los medios transforman el castigo. Cigüela analiza tres fenómenos especialmente relevantes para cualquiera que se juegue su libertad (y su reputación) en un proceso penal:
Juicios mediáticos
El proceso penal, diseñado para desarrollarse con discreción, garantías y sobriedad, se convierte en un producto audiovisual y, más tarde, en contenido viral.
De Nuremberg a Alcàsser, y de ahí a casos como Johnny Depp vs Amber Heard, la sala de vistas se transforma en escenario; jueces, fiscales, defensas y peritos, en personajes; y las pruebas, en “material de clip” para consumo masivo.
La consecuencia es una tensión permanente entre el tiempo lento del proceso y el tiempo acelerado del ciclo mediático.
Estigma en la era de Google
Aunque el ordenamiento prevé la cancelación de antecedentes penales, Internet no olvida: una simple búsqueda puede arrastrar para siempre una detención, una instrucción o incluso una absolución incompleta.
El estigma deja de ser una categoría solo jurídico-penal para convertirse en un estado reputacional permanente, especialmente en ciertos delitos.
Linchamientos digitales y cultura de la cancelación
Las redes sociales permiten que la propia sociedad ejerza una especie de “pena informal”: campañas de descrédito, “tormentas de odio”, boicots, pérdida de oportunidades profesionales…
Muchas veces esta condena social llega antes de que exista siquiera una acusación formal, y puede mantener sus efectos aunque el procedimiento penal termine en absolución.
Para quien afronta una investigación o un juicio, esto significa que ya no se expone solo a una sentencia; se expone también a un posible juicio paralelo. De ahí la importancia de contar con una defensa penal técnicamente sólida y consciente de este ecosistema mediático, capaz de proteger no solo los derechos procesales, sino también –en la medida de lo posible– la posición reputacional del cliente.
Algoritmos, diseño y pérdida de espacio para la decisión humana
El libro aborda también un giro más silencioso, pero decisivo: la entrada de la lógica del diseño y la programación en ámbitos donde tradicionalmente operaba la decisión jurídica humana.
Cigüela identifica tres frentes:
Diseño de interacciones: programas de compliance y protocolos internos que buscan predeterminar la conductade los miembros de una organización, reduciendo al mínimo los márgenes de decisión individual.
Respuestas automatizadas: desde coches autónomos que “deciden” cómo reaccionar ante un dilema de tráfico, hasta sistemas que determinan automáticamente ciertos flujos de actuación o bloqueo.
Algoritmos de apoyo a la decisión policial y judicial: modelos predictivos que indican dónde patrullar, o software que puntúa el riesgo de reincidencia o de violencia futura.
Cuanto más espacio ocupan estos diseños ex ante, menos margen queda para la deliberación jurídica clásica: valorar pruebas, ponderar circunstancias, aplicar principios. El riesgo es un Derecho penal tecnificado, regido por métricas y probabilidades, donde la pregunta por la justicia de la decisión se difumina detrás de una fórmula.
En ese escenario, la figura del abogado penalista que entiende el lenguaje de los datos pero no renuncia al control humano de la decisión se vuelve crucial: para cuestionar sesgos, exigir transparencia y recordar que la libertad de una persona no puede depender solo de una casilla marcada por un algoritmo.
Aulas jurídicas en tiempos digitales: qué estudiantes llegan, qué abogados saldrán
El último tramo del libro aborda un tema que afecta directamente al futuro de la defensa penal: la transformación de las aulas de Derecho.
Cigüela describe una brecha generacional clara:
Profesores formados en cultura impresa (libros extensos, subrayado, notas manuscritas, bibliotecas físicas).
Estudiantes socializados desde la adolescencia en cultura digital (pantalla, estímulo visual continuo, acceso inmediato a miles de fuentes, uso natural de inteligencia artificial).
Las consecuencias son visibles:
Los manuales clásicos se vuelven inasumibles para buena parte del alumnado; incluso las versiones “reducidas” encuentran resistencia.
Librerías jurídicas universitarias cierran: el libro físico pierde centralidad simbólica y práctica.
Se detectan dificultades crecientes de lectura profunda y de escritura argumentativa; aumentan los problemas de plagio y el uso acrítico de herramientas de IA para trabajos académicos.
Ante esto, las facultades empiezan a reaccionar: más pruebas orales, reformas en los Trabajos Fin de Grado, intentos de combinar formatos escritos y evaluación en aula para evitar que ChatGPT “sustituya” al estudiante. Pero la pregunta de fondo es otra:
¿Qué ocurre con el futuro del proceso penal si quienes van a sostener una acusación o una defensa ante un tribunal no han desarrollado suficientemente las habilidades de lectura, análisis y escritura sobre las que se ha construido tradicionalmente la práctica penal?
La respuesta no es catastrofista, pero sí exige realismo: en un mundo donde la tecnología facilita el acceso a información masiva, la diferencia estará en la capacidad de comprender, seleccionar y argumentar. Y eso, a día de hoy, sigue requiriendo horas de estudio riguroso y una formación jurídica exigente.
La gamificación de la vida académica… y también de la vida jurídica
Otro fenómeno que el profesor Cigüela destaca es la gamificación de la actividad académica: la lógica del “juego de puntos” –likes, seguidores, citas, métricas– coloniza también las redes profesionales (Google Scholar, ResearchGate, Academia.edu, LinkedIn).
La tentación es clara: hacer aquello que genera más visibilidad, no necesariamente lo que aporta más calidad o profundidad. La obra académica compite en un ecosistema donde se premia la presencia constante, la publicación rápida y la capacidad de “sonar”.
Algo parecido ocurre en la abogacía penal: rankings, reseñas, presencia en medios y redes pueden ser útiles como señales, pero no deben confundirse con el trabajo jurídico real en un procedimiento penal. Para quien busca abogado, esto obliga a mirar más allá de las cifras y valorar:
experiencia concreta en defensa penal,
solvencia técnica,
capacidad de análisis y de trabajo con el expediente,
y, cada vez más, comprensión de este entorno mediático y digital donde se libran hoy parte de las batallas.
Por qué todo esto importa para quien se juega su libertad
Podría parecer que hablar de medios, redes sociales, algoritmos o gamificación es algo ajeno al día a día de un procedimiento penal. El libro de Javier Cigüela Sola demuestra justo lo contrario:
El legislador penal responde crecientemente a impactos mediáticos y a emociones colectivas amplificadas por la televisión y las redes.
Los delitos y las penas se discuten en plataformas abiertas, donde se generan expectativas de castigo inmediato y severo.
Los juicios paralelos pueden condicionar la percepción pública de un caso mucho antes de que exista sentencia.
El estigma digital puede acompañar a una persona mucho más allá de lo que prevé el Código Penal.
La tecnificación de la decisión (policial, penitenciaria, judicial) plantea nuevos desafíos para las garantías.
Para quien es investigado, detenido o juzgado, esto significa que la defensa penal moderna exige algo más que conocimiento del Código: exige entender la lógica de los medios, anticipar posibles lecturas públicas del caso, gestionar los tiempos procesales y comunicativos y, cuando sea necesario, proteger activamente al cliente frente a juicios mediáticos o linchamientos digitales.
Ultima Ratio, como espacio de reflexión sosegada, y obras como Los medios del Derecho penal contribuyen precisamente a eso: a reintroducir análisis y prudencia allí donde dominan el titular rápido y el impacto emocional, recordando que detrás de cada caso hay personas, derechos y biografías que no caben en un tuit.
Episodio disponible en Spotify, Ivoox, Apple Podcast (Antonio J. Rubio Martínez), y en Ultima Ratio (Economist & Jurist), en https://www.economistjurist.es/category/podcast/ultima-ratio/